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A partir del 21 de Junio y hasta nuevo aviso, todos aquellos que deseen participar en la misa dominical, deben inscribirse cada semana:

Por favor lean las INDICACIONES para tal efecto, publicadas en la página Web 

Jesús, Médico

Es connatural a todo ser viviente el deseo de gozar de buena salud. Las cuantiosas y continuas peregrinaciones a Lourdes obedecen a ese natural deseo. Pero es muy frecuente que muchos de los que vuelven sin lograr la curación de su mal físico, regresan alegres y viven luego como si no les aquejase su mal (conozco algún caso). Ello se debe a que, quizás sin darse cuenta, padecían de otro defecto de tipo espiritual: defecto de conformidad, esperanza, paciencia, amor al prójimo, generosidad, etc. muestras de cuyas virtudes pudieron observar allí, donde se operan milagros psicológicos más que físicos (de estos últimos hay más de 70 reconocidos oficialmente).

 

 Jesús tiene muy en cuenta este detalle. Todo se reduce a tener más fe. La curación espiritual es más urgente que la física. De nada serviría ésta si el paciente sigue con el ánima dañada por el mal interno. Tenemos muchas pruebas de ese obrar de Jesús como médico que busca la curación integral de la persona: la del cuerpo y la del alma.

Muchas curaciones de Jesús van precedidas de la constatación del estado espiritual del paciente. En Mateo 9, 27-28 suscita la creencia en el poder del Señor y a los dos ciegos que se le acercan les pregunta:” ¿Creéis que yo puedo hacer esto?”. En Juan 11, 25-26, cuando Marta le anuncia la muerte de Lázaro, Jesús le contesta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá… ¿Crees tú esto?”.

En Marcos 2, 5-9, cuando descuelgan del techo al paralítico para que le cure, Jesús atiende primero al mal espiritual cuando dice “Tus pecados te son perdonados”, con el escándalo farisaico de algunos escribas. Igual pasaje se recoge en Mateo y Lucas.

En los tres sinópticos se contempla el mismo momento: Jesús admira la fe de los que va a curar: la hemorroísa (“Hija, tu fe te ha salvado”) y el jefe de la sinagoga cuya hija había muerto (“No temas, ten sólo fe”).

En Mateo 8, 5-13 y Lucas 7, 9 resalta Jesús la fe del centurión al que va a curar a su criado, cuando dice que él no es digno de entrar Jesús en su casa (“Yo os digo que fe como ésta no he hallado en Israel”). Esa misma fe que le hace exclamar eufónicamente:” El que cree en mí, cree en el que me ha enviado” y poco después: “Yo he venido a salvar al mundo”. Es decir, a sanar al mundo en sus males endémicos.

Uno de dichos males más frecuentes es el miedo que más o menos conscientemente existe entre los humanos: el miedo al dolor, a la enfermedad, a la “cruz que me ha caído”, a la soledad, a la muerte. Y Jesús se dedica a quitar ese miedo como vemos en varios pasajes del evangelio: al aproximarse sobre las aguas a la barca dice a los atemorizados discípulos: “No temáis; soy yo, tened confianza”.

En resumen, Jesús es el médico de alma y cuerpo que se interesa por nuestra verdadera felicidad, que radica en la fe y confianza en el amor de Dios. Como hemos de colaborar y responder a ese amor, tendremos que:

  • Intentar alejar los miedos físicos y emocionales. Ponerlos ante Jesús y abandonarse a su voluntad.
  • Compadecer las dolencias de nuestros prójimos, transmitirles el valor, la fe.
  • Amar: repasar el famoso y maravilloso himno a la caridad de Pablo, I Corintios, 13, 1-13. (“la caridad todo lo comprende”)
  • Compartir mi paz interna. Repetir aquel “Paz a vosotros” de Jesús a los apóstoles (Jn, 20, 19-23).
  • Cuidar al enfermo terminal, respetando su vida de la cual sólo manda Dios.

 

(Por José Mª Catret Suay) 

 

 

 

 

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