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Jesús, Amigo

Ya tratamos en una de estas charlas de la amistad personal y trataremos en otra de la amistad social. Hoy vamos a tratar de la amistad más importante: la amistad con Jesucristo.

 

La amistad que Jesús nos ofrece es uno de los más grandes dones que concede: -“Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15). Y dice un poco antes que “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. Siguiendo pues el Evangelio podremos deducir lo que hay que hacer para merecer ese título de amigo: seguir su ejemplo.

Jesús piensa como amigo cuando trata a muchos personajes, desde a un joven rico hasta una pobre viuda. El interés que se demuestra por un amigo es recíproco. La amistad, el compartir las penas y los goces, es un tesoro muy estimado en varios pasajes de la Biblia. Debemos mostrar interés auténtico por los demás.

 

 Jesús actúa como amigo; hace el bien para los demás: en casa de Pedro, con los leprosos, viudas, enfermos, etc. en todos sus milagros actúa aliviando penas y curando enfermedades. Debemos, pues, hacer favores a nuestro prójimo.

 

Jesús siente como un amigo: lloró ante el sepulcro de Lázaro, miró con afecto al joven rico y se apenó al verle marchar. Expresó siempre esa empatía y simpatía que caracteriza a los verdaderos amigos. Al mismo Judas, cuando le besa para entregarle, le dice: “Amigo ¿a qué vienes? “.

 

Es necesario que nosotros pensemos y actuemos como Él hasta poder reclinar la cabeza en su pecho, como su buen amigo y discípulo Juan. Para lograrlo habremos de no juzgar mal, de pensar bien de los demás; vemos la actitud de Jesús con Leví, con Zaqueo cuyas vidas cambian con la invitación de Jesús. Dar oportunidades a los demás para crecer y mejorar en su conducta y estado.

 

Hay que descubrir el fin espiritual de la amistad, que supone una fe compartida, como hizo Jesús con la samaritana, con los de Emaús, manteniendo conversaciones sobre temas importantes. En eso se distingue y se caracteriza la verdadera amistad. Es abrirse al prójimo para descubrirle lo mejor de nosotros, lo que influye para su mejor actitud. Es dar ejemplo siempre y consejo cuando sea posible.

 

La profundización en la amistad con Jesús nos conduce a una mayor amistad con el prójimo, máxima aspiración del cristiano, siguiendo su mandamiento nuevo de amarnos mutuamente como Él mismo nos ama, y hay que basarla en la oración, en la práctica de los sacramentos, en el servicio a los demás, en lo que llamamos dar testimonio o apostolado. El mirar a los demás con ojos de amor y amistad, a lo que nos invita el Señor: -“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre, yo entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3, 20).

 

(Por José Mª Catret Suay) 

 

 

 

 

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