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Una Elección Decisiva

El evangelio de hoy nos presenta esa pregunta que hace Jesús a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?”...Y la respuesta de Pedro que dice: “¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna: nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

 

Muchos de los otros discípulos al oír las palabras de Jesús, que escuchamos el domingo pasado: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá pasa siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo”, muchos de esos discípulos -digo- se marcharon.

  • Se trata, pues, de una “elección decisiva”: estar con y seguir a Jesús, o alejarse de él.
  • Irse, abandonar la empresa, no es problema.
  • El problema gordo es a quién ir.
  • La fidelidad no es cuestión de ir o quedarse.
  • La fidelidad es una persona, con la cual nos uniremos para caminar juntos, para ir en la misma dirección. Y esta persona es Cristo.

Creer no significa suscribir una lista de verdades. Significa adherirse a una persona. Y hacer de esta persona el centro, el sentido de la propia vida. Cristo no es un elemento accesorio de nuestra existencia. Es el “pan vivo”, el alimento indispensable. La fidelidad a él no ha de ser padecida, sino vivida con gozo. Vincularse a él, es una relación de fe y de amor, no significa permanecer encadenados, sino ser someramente libres, siempre en camino, admirablemente abiertos a todas las sorpresas y novedades.

El bien conocido alemán teólogo Karl Rahner (1904-1984) escribió en una oración que hizo a Jesús:

Señor, no despidas de tu servicio a tu siervo perezoso y terco. Tú tienes poder sobre mí mismo en aquella profundidad en la que yo sólo dispongo sobre mí y sobre mi destino eterno...Dios sabio, misericordioso y amante no me arrojes de tu rostro. Manténme en tu servicio todos los días de mi vida. Exígeme lo que tú quieras. Dame solamente lo que tú me mandas. Si yo me canso en tu servicio, tú no te cansas en tu paciencia conmigo. Tú vienes para ayudarme, tú me das la fuerza para empezar de nuevo una y otra vez, para esperar contra toda esperanza, para creer en tu victoria en mí en todos los fracasos que son míos”.

Y el famoso capuchino italiano San Pío de Pietrelcina (1887-1968) en una de sus cartas escribió:

Tú tienes palabras de vida eterna”

Ten paciencia y persevera en la práctica de la meditación. Al principio conténtate con avanzar a pequeños pasos. Más adelante tendrás piernas que no desearán sino correr, mejor aún, alas para volar. Conténtate con obedecer. No es nunca fácil, pero es a Dios a quien hemos escogido. Acepta ser una pequeña abeja en el nido de la colmena, muy pronto llegarás a ser una de esas grandes obreras hábiles para la fabricación de la miel. Permanece siempre delante de Dios y de los hombres, humilde en el amor. Entonces el Señor te hablará con en verdad y te enriquecerá con sus dones.

Las abejas, al atravesar los prados, recorren grandes distancias antes de llegar a las flores que han escogido; seguidamente, fatigadas pero satisfechas y cargadas de polen, vuelven a entrar en la colmena para realizar allí la transformación silenciosa pero fecunda del néctar de las flores en néctar de vida. Haz tú lo mismo; después de escuchar la Palabra, medítala atentamente, examina los diversos elementos que contiene, busca su significado profundo. Entonces se te hará clara y luminosa, tendrá el poder de transformar tus inclinaciones naturales en una pura elevación del espíritu, y tu corazón estará cada vez más estrechamente unido al corazón de Cristo”.

Termino con un soneto del P. José Luis Martín Descalzo (1930-1981) titulado:

 

Fe

En medio de la sombra y de la herida
me preguntan si creo en Ti. Y digo
que tengo todo cuando estoy contigo:
el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.
Sin Ti, el sol es luz descolorida
Sin Ti, la paz es un cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.
Contigo el sol es luz enamorada,
y contigo la paz es florida.
Contigo el bien es casa reposada,
y contigo la vida es sangre ardida.
Pues, ni me faltas Tú, no tengo nada:
ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.
 

 

j.v.c.

 

 

 

 

 


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