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A partir del 21 de Junio y hasta nuevo aviso, todos aquellos que deseen participar en la misa dominical, deben inscribirse cada semana:

Por favor lean las INDICACIONES para tal efecto, publicadas en la página Web 

Decimoquinto Domingo Del Tiempo Ordinario

 

12 de julio de 2020

TEXTOS BIBLICOS PARA LA LITURGIA EUCARÍSTICA

Porque la Palabra de Dios es eficaz y dinámica y el cristiano espera la liberación gloriosa a pesar de los trabajos y sufrimientos cotidianos, el optimismo es esencial en la vida cristiana. Pero no es un optimismo que no pide la colaboración: la Palabra es simiente que fructifica según la preparación de nada uno de nosotros.

 

ORACION

Oh Dios, que dirigiste tu llamada a todos los hombres, hoy también nosotros, como la gente junto al mar de Galilea, escuchamos la palabra de Jesús. Haz que sepamos acogerla profundamente en nuestro corazón, como verdadero anuncio de alegría. Por Jesucristo nuestro Señor. Amen


PRIMERA LECTURA: Is 55:10-11

El profeta Isaías nos invita a escuchar con atención la palabra de Dios. A diferencia de las palabras humanas, la palabra de Dios es eficaz: tiene poder para cambiar nuestro corazón y nuestro mundo.


SALMO RESPONSORIAL: Sal 65:10, 11-12, 13-14

R/ LA SEMILLA CAYO EN TIERRA BUENA Y DIO FRUTO.

Tú visitas la tierra y le das agua,
Tú haces que dé sus riquezas.
Los arroyos de Dios rebosan de agua
Para preparar el trigo de los hombres. /R

Preparas la tierra, regando sus surcos,
Rompiendo sus terrones,
Las lluvias la ablandan,
Y bendices sus siembras. /R

Coronas el año con tus bondades,
Por tus senderos corre la abundancia;
Las praderas del desierto reverdecen,
Las colinas se revisten de alegría. /R

 

SEGUNDA LECTURA: Rm 8:18-23

San Pablo nos invita a mirar al mundo con esperanza. A pesar de todos los sufrimientos y todos los problemas, la última palabra sobre la historia la tiene Dios.


ACLAMACION DEL EVANGELIO

Aleluya, aleluya. La semilla es la Palabra de Dios. El sembrador es Cristo. Quien la encuentra, vive para siempre. Aleluya


EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO Mt 13:1-23 △ 13:1-9

Escuchemos la parábola del sembrador y pidamos a Dios la gracia de recibir su palabra con un corazón generoso y perseverante.


Tema: Encuentro De Dios Con La Libertad Humana

Este domingo nos presenta en el evangelio la parábola de Jesús sobre “el sembrador, la semilla y el terreno donde esta cae”. Creo que podemos titular esta homilía con esa frase “encuentro de Dios con la libertad humana”, porque es Dios en la persona de Jesucristo el que siembra con generosidad y esperanza, sin detenerse a pensar en dónde cae la semilla de su Palabra. Y por otra parte la acogida de esa semilla o palabra depende nuestra libertad para acogerla o no, con un corazón duro, o pedregoso, o espinoso, o con tierra esponjada que acoge la semilla o Palabra divina con diversas capacidades: unas del ciento por ciento, otras del sesenta y otras del treinta por ciento.

Pero Dios en la persona de Jesús sigue sembrando con esperanza.

Así lo anuncia el profeta Isaías en la primera lectura: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”.

Y bien, ¿cómo acogemos nosotros su Palabra simbolizada en la semilla?

Hay cristianos solo de nombre, que tienen un corazón duro, como las cunetas del camino. Otros con un corazón distraído y perturbado con las tentaciones del placer o del dinero, como los terrenos pedregosos o con zarzas. Y otros con un corazón abierto a todas las inspiraciones del Señor quien con su Palabra les anima a ser responsables dentro de la sociedad en donde viven, sembrando alegría y servicio de amor.

Me estoy acordando de una historieta que me gusta. Ahí va:

Había de dos semillas en el semillero que estaban a punto de volar hacia un destino concreto. Una voló y cayó por la ventana de un palacio sobre una escalera de un precioso mármol blanco, limpísimo. Pero allí no encontró tierra donde germinar y se secó y murió. Su otra semilla compañera voló y cayó sobre una tierra mezclada con estiércol, que, aunque estaba sucia y olía mal, germinó y produjo unas espigas amarillas preciosas y muchos granos de trigo para la familia dueña de aquella cuadra junto a su casa.

Esta segunda semilla es el ejemplo al que debemos seguir:

Mezclarnos con todos en la sociedad, sin miedo a ensuciarnos, trabajando por un mundo de más justicia, compartimiento de bienes y de paz universal.

El Concilio Vaticano II en su decreto Apostolicam actuositatem, 7, nos dice: “es preciso que los seglares (y los religiosos también en su medida) tomen como función suya la restauración del orden temporal, y que, conducidos por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana, obren directamente y en forma concreta en dicho orden; que cooperen ciudadanos entre ciudadanos con sus conocimientos especiales y su responsabilidad propia; y que busquen en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios. Hay que establecer el orden temporal de forma que, observando íntegramente sus propias leyes, esté conforme además con los principios de la vida cristiana y se adapte a las variadas circunstancias de lugares, tiempos y pueblos.”

Termino con la poesía del americano Mario López (nacido en 1973) titulada:

 

Sequía

¡Señor! Sembrando están los labradores
Sobre los campos de este otoño el trigo
Más entrañable que sembrado se haya
Desde que el mundo por tu pulso late.
¡Señor! El labrador está sembrando
y abre su mano y temerosamente
deja en el surco su esperanza como
un riego de volubles pajarillos.
¡Señor! Esta semilla es ya la última
que el labrador guardaba en su granero
y Tú lo sabes y nosotros nada
sabemos: solamente en Ti confiamos...
¡Señor! ¡El labrador está sembrando!
Pena de montes e inquietud de valles
el seco lecho de los ríos cubre
mientras brillan, sin lágrimas, tus astros...
¡Señor! ¡Señor! Los labradores siembran
sobre esta tierra donde ya no hay llanto,
y acaso tu castigo es esta inmensa
sequía de amor que agrieta nuestras almas.

j.v.c.
 

 

 

 

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