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Trigésimo Segundo Domingo Del Tiempo Ordinario

 

7 De Noviembre De 2021

 

El comportamiento de los que dan aun de lo que ellos mismos necesitan, es signo de espíritu de sacrificio y de generosidad. Cristo que se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos es la fuerza y la esperanza de todos los que quieren seguir ese camino de entrega a los demás.

 

 

ORACION COLECTA


Padre, compasivo y misericordioso, y que conoces bien el corazón ferviente de quienes te suplican, derrama tu bendición sobre nosotros, unidos y congregados en una misma esperanza hacia ti, y haz que, estimulados por tu palabra, sepamos ofrecerte nuestra vida diaria. Por Jesucristo nuestro Señor.

 

 

PRIMERA LECTURA: 1 R 17:10-16


Para el pueblo de Israel, las viudas, los huérfanos y los extranjeros son ejemplos de vida indefensa, de gente que sólo tiene a Dios como protector. De estas personas indefensas y pobres se sacan claros ejemplos de hospitalidad y generosidad.

 

 

SALMO RESPONSORIAL

R/ ALABA, ALMA MÍA AL SEÑOR.

  1. Mantiene su fidelidad perpetuamente,
    Su justicia da a los oprimidos.
    Proporciona su pan a los hambrientos.
    El Señor deja libre a los presos. R/
     
  2. El Señor da la vista a los ciegos,
    El Señor endereza a los encorvados,
    El Señor ama a los justos;
    Da el Señor protección al forastero. R/
     
  3. Reanima al huérfano y a la viuda,
    Mas desvía el camino de los malvados.
    El Señor reina para siempre,
    Tu Dios, Sión, de generación en generación. R/

 


SEGUNDA LECTURA: Hb 9:24-28


Cristo es el centro de la historia. Vino a borrar los pecados del mundo., y vendrá a salvar a los que en él esperan. Creer en Cristo significa creer que hemos sido salvados y vivir agradeciendo lo que hizo por nosotros.

 

 

ALELUYA: Mt 5:3


Aleluya, aleluya.

Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Aleluya.

 

 

EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS: Mc 12:38-44


Jesús alaba a los que confían en Dios, a los que buscan el Reino y dejan su salvación en las manos del Padre. Por el contrario, los que no confían en Dios ponen su esperanza en el dinero, en el honor, en las alabanzas de los demás hombres.

 

 

 

 

 

La Viuda Generosa

 

 

 

La liturgia de la Palabra de este domingo nos habla de dos viudas generosas.

La primera es la que acogió en su casa al profeta Elías cuando huía en camino de Sarepta y le dió de comer en su casa, cuando solo le quedaba un poco de harina y de aceite en su alcuza. Elías recompensó su generosidad, de modo que nunca le faltó harina y aceite para hacer pan y comer ella y su hijo.

La segunda es la que aparece en el evangelio, cuando Jesús – que estaba sentado enfrente del cepillo del templo – mirando cómo echaban dinero en cantidad, y se acercó la viuda que, aunque era pobre, echó en el cepillo “dos reales”, o sea todo lo que tenía. “Jesús llamó a sus discípulos y les dijo que la viuda pobre había echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra; pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Nosotros le hubiéramos dicho a la viuda: ¡Quédate al menos con un real para tí! Aquellos “dos reales” eran las monedas más pequeñas que estaban en circulación. Una cosa irrisoria. Como dos euros.

 

Las dos pequeñas narraciones nos hablan del sacrificio personal, de un corazón pobre, que se pone generosamente en manos de la providencia de Dios. Estas dos mujeres han quedado grabadas en la historia de la salvación que nos transmite la sagrada Escritura, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Los pequeños, los desconocidos, son los grandes ante Dios. No se trata de cantidad sino de valor De este modo, Jesús arremete contra los poderosos y vanidosos de nuestro tiempo.

 

Ahora la prensa, la televisión, todas las primeras páginas de las revistas, etc. nos hablan de los políticos, de los ricos, de los poderosos, de los más famosos, pero no dicen o no saben nada de los humildes, de los pobres, de los que cuidan de los enfermos en los hospitales y en los asilos, de los que ponen sus talentos al servicio de los otros.

Como Jesús que, siendo el primero, no vino a que le sirvieran, sino a servir a todos. El ideal de los más dotados debería ser el poner todo su talento intelectual, económico, social, profesional, político al servicio del bien común, especialmente de los más necesitados. La actitud cristiana está en las antípodas de la ostentación. La generosidad de las dos viudas ha llegado a un grado de heroísmo supremo en el silencio de la pobreza, de la continuidad. Y es por ello que las “dos viudas” han quedado marcadas en la Historia de la Salvación que nos transmiten tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento.

La Santa Madre Teresa de Calcuta cuenta en su Camino de sencillez el siguiente relato: “Debéis dar eso que os cuesta dar.

No basta con dar solamente eso de lo que podéis prescindir, sino también aquello de lo que no podéis ni queréis prescindir, aquellas cosas a las cuales estáis atadas.

Entonces, vuestro don será un sacrificio precioso a los ojos de Dios. A eso yo lo llamo el amor en acto.

 

Todos los días veo crecer este amor en los niños, en los hombres y en las mujeres. “Un día bajaba yo por la calle; un mendigo se me acerca y me dice: “Madre Teresa, todo el mundo te hace regalos; también yo quiero darte alguna cosa. Hoy he recibido tan solo veintinueve céntimos en todo el día y te los quiero dar”. Reflexioné un momento; si acepto estos veintinueve céntimos (que no valen prácticamente nada), es probable que él no pueda comer nada esta noche; y si no los acepto, le voy a dar un disgusto. Entonces, extendí la mano y tomé el dinero. Nunca jamás he visto sobre ningún rostro tanto gozo como el de este hombre por el mero hecho de haber podido dar algo a la Madre Teresa. ¡Se sintió muy feliz! Fue para él, que había mendigado todo el día bajo el sol, un enorme sacrificio el darme esta irrisoria cantidad con la que no se podía hacer nada. Pero fue maravilloso también, ya que las moneditas a las que renunciaba se convertían en una gran fortuna porque habían sido dadas con tanto amor”.

Este relato de la Santa Madre Teresa del “mendigo generoso” se parece a los dos relatos: el de la viuda de Sarepta y el de la del Evangelio.

 

Termino con una poesía del jesuita español que trabajó en Cuba y la República Dominicana Benjamín González Buelta, titulada 

 

 


Los centavos de la viuda

 

 

A la pobre viuda, todavía le dolían los dedos de las manos cuando depositó en silencio su ofrenda para los pobres en el cepillo del templo.


Había trabajado todo el día cosechando aceitunas en el olivar de un rico. Al final de la jornada, pensó que ningún vecino estaba en apuro urgente.


Ella no había comprado nada a crédito en la tienda de Josías. Su velo descolorido podía durar más tiempo.


Y no le seducían el corazón las baratijas que anunciaba un vendedor ambulante sentado en su camello. La viuda sabía mucho de hambres clavadas como un alfiler en el centro de su estómago, de deudas y mensajeros que insistían y amenazaban, desequilibrando en un instante su frágil existencia. Por eso dejó con alegría unos centavos en el templo, regalo suyo y de Dios para un hermano. Era poco dinero, pero lo era todo para ella. Y todo el corazón quedó abierto para todo el don que el Dios del Reino le ofrecía.

 

j.v.c.

 

 

 

 

 

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