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Segundo Domingo De Pascua

 

24 De Abril De 2022

 

Cristo resucitado se hace presente a los suyos y les da la misión de ir por todo el mundo. Ellos realizan prodigios, signos de la presencia de Cristo entre ellos y que mueven a la fe. Juan nos presenta al Resucitado por encima de los poderes del mal de la muerte.

 

ORACIÓN COLECTA

 Dios de misericordia, tú, con el retorno anual de las fiestas pascuales, reanimas la fe de tu pueblo. Acrecienta, Señor, en nosotros los dones de tu gracia, para que podamos comprender mejor la inestimable riqueza del Bautismo que nos ha purificado del Espíritu que nos ha hecho renacer, y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

PRIMERA LECTURA: Hch 5:12-16

El poder de los apóstoles es la prueba de que Jesús ha resucitado y sigue obrando en el mundo. Nosotros debemos de ser también signos de la presencia de Cristo Resucitado, que sigue curando, perdonando y dando fuerza a sus hijos e hijas.

 

 

 

SALMO RESPONSORIAL
R/ DAD GRACIAS AL SEÑOR PORQUE ES BUENO, PORQUE ES ETERNA SU MISERICORDIA.

  1. Que lo diga Israel:
    ¡su bondad es para siempre!
    Que lo diga la casa de Aarón,
    ¡su bondad es para siempre!
    Que lo digan los que temen al Señor:
    ¡su bondad es para siempre!
     
  2. La piedra rechazada por los maestros
    Pasó a ser la piedra principal;
    Ésta fue la obra del Señor,
    No podían creerlo nuestros ojos.
    ¡Este es el día que ha hecho el Señor!
    ¡Gocemos y alegrémonos en él!
     
  3. ¡Danos, oh Señor, la salvación
    Danos oh Señor, la victoria!
    “¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor!
    Desde la casa del Señor los bendecimos:
    ¡El Señor es Dios, él nos ilumina”!

 

SEGUNDA LECTURA: Ap 1:19-11

Cristo vive. El apocalipsis presenta por medio de símbolos el misterio de Cristo vencedor que abre a todos los hombres y en todas las épocas el camino de la vida.

 

ALELUYA: Jn 20:29

Aleluya, aleluya.

Porque me has visto, Tomás, has creído:

Felices los que creen sin haber visto.

Aleluya.

 

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN: Jn 20:19-31

Cristo se aparece a los discípulos llevando consigo la paz y el Espíritu Santo. También hoy Dios está presente en todo lugar en el que hay paz verdadera y el Espíritu Santo produce frutos de salvación.

 

 

 

“Curar El Mundo”


La pandemia sigue causando heridas profundas, desenmascarando nuestras vulnerabilidades. Son muchos los difuntos, muchísimos los enfermos, en todos los continentes. Muchas personas y muchas familias viven un tiempo de incertidumbre, a causa de los problemas socio-económicos, que afectan especialmente a los más pobres.

Por eso debemos tener bien fija nuestra mirada en Jesús (cfr. Hb 12, 2) y con esta fe abrazar la esperanza del Reino de Dios que Jesús mismo nos da (cfr. Mc 1,5; Mt 4,17; CIC, 2816). Un Reino de sanación y de salvación que está ya presente en medio de nosotros (cfr. Lc 10,11). Un Reino de justicia y de paz que se manifiesta con obras de caridad, que a su vez aumentan la esperanza y refuerzan la fe (cfr. 1 Cor 13,13). En la tradición cristiana, fe, esperanza y caridad son mucho más que sentimientos o actitudes. Son virtudes infundidas en nosotros por la gracia del Espíritu Santo (cfr. CIC, 1812-1813): dones que nos sanan y que nos hacen sanadores, dones que nos abren a nuevos horizontes, también mientras navegamos en las difíciles aguas de nuestro tiempo.

Un nuevo encuentro con el Evangelio de la fe, de la esperanza y del amor nos invita a asumir un espíritu creativo y renovado. De esta manera, seremos capaces de transformar las raíces de nuestras enfermedades físicas, espirituales y sociales. Podremos sanar en profundidad las estructuras injustas y sus prácticas destructivas que nos separan los unos de los otros, amenazando la familia humana y nuestro planeta.

El ministerio de Jesús ofrece muchos ejemplos de sanación. Cuando sana a aquellos que tienen fiebre (cfr. Mc 1,29-34), lepra (cfr. Mc 1,40-45), parálisis (cfr. Mc 2,1-12); cuando devuelve la vista (cfr. Mc 8,22-26; Jn 9,1-7), el habla o el oído (cfr. Mc 7,31-37), en realidad sana no solo un mal físico, sino toda la persona. De tal manera la lleva también a la comunidad, sanada; la libera de su aislamiento porque la ha sanado.

Pensemos en el bellísimo pasaje de la sanación del paralítico de Cafarnaúm (cfr. Mc 2,1-12), que hemos escuchado al principio de la audiencia. Mientras Jesús está predicando en la entrada de la casa, cuatro hombres llevan a su amigo paralítico donde Jesús; y como no podían entrar, porque había una gran multitud, hacen un agujero en el techo y descuelgan la camilla delante de él que está predicando. «Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados» (v. 5). Y después, como signo visible, añade: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (v. 11).

¡Qué maravilloso ejemplo de sanación! La acción de Cristo es una respuesta directa a la fe de esas personas, a la esperanza que depositan en Él, al amor que demuestran tener los unos por los otros. Y por tanto Jesús sana, pero no sana simplemente la parálisis, sana todo, perdona los pecados, renueva la vida del paralítico y de sus amigos. Hace nacer de nuevo, digamos así. Una sanación física y espiritual, todo junto, fruto de un encuentro personal y social. Imaginamos cómo esta amistad, y la fe de todos los presentes en esa casa, hayan crecido gracias al gesto de Jesús. ¡El encuentro sanador con Jesús!

Y entonces nos preguntamos: ¿de qué modo podemos ayudar a sanar nuestro mundo, hoy? Como discípulos del Señor Jesús, que es médico de las almas y de los cuerpos, estamos llamados a continuar «su obra de curación y de salvación» (CIC, 1421) en sentido físico, social y espiritual.

La Iglesia, aunque administre la gracia sanadora de Cristo mediante los Sacramentos, y aunque proporcione servicios sanitarios en los rincones más remotos del planeta, no es experta en la prevención o en el cuidado de la pandemia. Y tampoco da indicaciones socio-políticas específicas (cfr. S. Pablo VI, Cart. ap.Octogesima adveniens, 14 de mayo 1971, 4). Esta es tarea de los dirigentes políticos y sociales. Sin embargo, a lo largo de los siglos, y a la luz del Evangelio, la Iglesia ha desarrollado algunos principios sociales que son fundamentales (cfr Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 160-208), principios que pueden ayudarnos a ir adelante, para preparar el futuro que necesitamos. Cito los principales, entre ellos estrechamente relacionados entre sí: el principio de la dignidad de la persona, el principio del bien común, el principio de la opción preferencial por los pobres, el principio de la destinación universal de los bienes, el principio de la solidaridad, de la subsidiariedad, el principio del cuidado de nuestra casa común. Estos principios ayudan a los dirigentes, los responsables de la sociedad a llevar adelante el crecimiento y también, como en este caso de pandemia, la sanación del tejido personal y social. Todos estos principios expresan, de formas diferentes, las virtudes de la fe, de la esperanza y del amor.

 

(Audiencia General 5 de agosto de 2020)

 

 

 
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