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Vigesimo Octavo Domingo Del Tiempo Ordinario

13 de octubre de 2019

TEXTOS BIBLICOS PARA LA LITURGIA EUCARÍSTICA

Dios atiende las oraciones del hombre: éste es el mensaje de la liturgia de hoy. La curación de Naamán en las aguas del Jordán y la de los diez leprosos por Cristo son signos de la solicitud de Dios por los hombres. Por su parte, el agradamiento y la entrega a los planes de Dios son la respuesta adecuada del hombre que ha recibido el favor de Dios.

 

ORACION

Oh Dios, rico en ternura y amor, que sanas a todos y a todos dar en abundancia tu vida, te pedimos que los aquí reunidos podamos ofrecerte nuestra oración de alabanza teniendo un único corazón lleno de gratitud. Por Jesucristo nuestro Señor. Amen


PRIMERA LECTURA: Amos 6:1,4-7

Naamán: personaje extranjero e importante tiene que recorrer un largo itinerario, geográfica y espiritualmente, hasta convencerse de que la salvación se halla únicamente en Dios.


SALMO RESPONSORIAL: Sal 98:1,2-3,4-5

R/ EL SEÑOR REVELA A LAS NACIONES SU SALVACIÓN

  1. Canten al Señor un canto nuevo, 
porque él hizo maravillas: 
su mano derecha y su santo brazo 
le obtuvieron la victoria. R/
  2. El Señor manifestó su victoria, 
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad 
en favor del pueblo de Israel. R/
  3. Los confines de la tierra han contemplado 
el triunfo de nuestro Dios.
se acordó de su amor y su fidelidad 
en favor del pueblo de Israel. R/


SEGUNDA LECTURA: 2 Tm 2:8-13

Ser cristiano no es otra cosa que creer en Jesucristo, aquel hombre que murió y resucitó y que, tras la resurrección, sigue estando misteriosamente presente entre nosotros.


ACLAMACION DEL EVANGELIO 1 Ts 5:18

Aleluya, aleluya Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. Aleluya.


EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS: Lc 17:11-19

Jesús cura a diez leprosos pero solamente uno, un extranjero, se lo agradece y alaba a Dios por el favor recibido. Son muchos los que piden gracias a Dios, pero pocos los que imitan a este hombre en el agradecimiento y la entrega al Señor.

 

TEMA: «La gratitud es la memoria del corazón»

Resulta desconcertante leer que solo uno de los diez leprosos curados por Jesús volvió para decirle: «gracias». Ser agradecidos no es solo un deber social recíproco, sino la afirmación de nuestra interioridad que se convierte también en un acto espiritual.

El episodio evangélico de la curación de los diez leprosos podría haber sido remodelado sobre la base de la historia de la curación de Naamán en el Antiguo Testamento. El comandante del ejército sirio, Naamán, es un gran hombre, una persona de la confianza del rey y un valeroso guerrero, pero está afligido por la lepra, la enfermedad más temida en la antigüedad.

Jesús se dirige a la capital de Judea, la «ciudad santa», y es precisamente durante estas arriesgadas travesías es cuando Jesús se encuentra una categoría humana particularmente marginada: un grupo de leprosos, como Naamán el sirio. La lepra era una enfermedad de la piel considerada como un castigo para los pecadores (cf el rey Ozías en 2Crón 26,20), lo que les hacía impuros para el culto y, además, determinaba el alejamiento de la comunidad de quienes la contrajesen, obligándoles a vivir lejos de los grupos humanos (cf Lev 13,46). Por tanto, los leprosos eran hombres y mujeres excluidos de la sociedad, obligados a deambular en soledad, a ser acompañados solamente por otros leprosos y a anunciarse siempre que se acercaban a los alrededores de los centros habitados. Además, estaban obligados a llevar vestiduras rotas y la cabeza descubierta, algo que suponía también una humillación.

Un grupo de diez leprosos va al encuentro de Jesús. Ellos le piden ayuda, de la única manera en que les está permitido: desde la distancia. Solo tienen a su disposición la voz y la utilizan, gritando con todas las fuerzas que les permite su garganta: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros» (Lc 17,13). Al llamar a Jesús «maestro» se relacionan con él como discípulos, y Jesús los mira y les tiene en consideración, pidiéndoles que hagan un gesto muy concreto: «Id a presentaros a los sacerdotes» (Lc 17,14). En Israel, eran los sacerdotes quienes tenían la responsabilidad de verificar tanto la aparición como la desaparición de la enfermedad (cf Lev 13,9-10; 14,2).

Los diez leprosos fueron a Jesús, pero se mantuvieron a distancia. Esto es una indicación de la cuarentena, recogida en las leyes de la pureza (cf Lev 13,45-46). También puede significar que el enfermo, como los gentiles «que están lejos» (He 2,39), a pesar de la vergüenza que les supone su condición, recibirá la llamada de Dios. Es una imagen acertada para recordarnos que Dios es quien toma la iniciativa y acorta las distancias. Los leprosos se dirigen a Jesús como «maestro», en lugar del habitual título de «Señor»; esto puede revelar que la fe que tienen en Jesús es solo preliminar. Imploran piedad a Jesús, obedecen sus mandatos, pero no son capaces de percibir el verdadero significado de su curación.

La curación de Naamán y la de los diez leprosos son dos historias vinculadas al tema de la conversión interior que pasa por un encuentro personal con Dios. Tal encuentro tiene lugar después de una crisis personal, como puede ser una enfermedad grave, y es una iniciativa divina. La persona debe dar el siguiente paso para reconocer y acoger el significado de este encuentro que le conducirá a la conversión.

La sanación definitiva es solo posible para aquellos en los que la curación y el agradecimiento se entretejen, cuando el restablecimiento del cuerpo y la conversión del corazón se entrelazan. El agua del río Jordán y la referencia a los sacerdotes evidencian la importancia de la acción sacramental en la obra de la salvación. No se trata de una simple curación individual y abstracta. De sentirnos separados, excluidos y extranjeros, ahora nos sentimos integralmente reconciliados con nosotros mismos, con nuestro cuerpo y con la comunidad, porque estamos reconciliados en lo profundo de nuestro corazón con Dios, el Dios de Jesucristo dentro de la obra de la Iglesia. Como sucedió con Naamán y con el samaritano leproso, solo quien hace esta experiencia de comunión purificadora y reconciliadora puede ser reintegrado en la comunidad y enviado en misión.

La misión de la Iglesia lleva y comunica la gracia salvífica de Dios porque aleja a los hombres y mujeres de la destrucción del pecado, de la separación de la muerte, y los re-crea. Acoger el Evangelio significa entrar en el misterio pascual de Cristo, aceptando su muerte regeneradora y contemplando su fidelidad en la resurrección. Regenerados en la fuente bautismal, el nuevo Jordán de la Iglesia, y agradecidos por una salvación que no merecemos, somos misioneros en las experiencias ordinarias de la vida: levántate, ve por tu camino, regresa a tu casa. Otros serán elegidos para ser discípulos misioneros en tierras extranjeras, quizá hostiles y paganas: la Galilea de los gentiles, la Samaría de los infieles y la Siria de los paganos.
 

 

 

 

 

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