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La Gula

Esta relación serena que Jesús ha establecido con respecto a la alimentación debería ser redescubierta y valorizada, especialmente en las sociedades del llamado bienestar, donde se manifiestan tantos desequilibrios y tantas patologías. Se come demasiado, o demasiado poco. A menudo se come en soledad. Se propagan los trastornos de la alimentación: anorexia, bulimia, obesidad… Y la medicina y la psicología tratan de lidiar con la mala relación con la comida. Una mala relación con los alimentos produce todas estas enfermedades.

 

Estas son enfermedades, a menudo muy dolorosas, que en su mayoría están relacionadas con los tormentos de la psique y el alma. La alimentación es la manifestación de algo interior: la predisposición al equilibrio o la desmesura; la capacidad de agradecer o la arrogante pretensión de autonomía; la empatía de quien sabe compartir la comida con el necesitado, o el egoísmo de quien acumula todo para sí. Esta pregunta es muy importante: dime cómo comes, y te diré qué alma tienes. En la forma de comer se revela nuestra interioridad, nuestros hábitos, nuestras actitudes psíquicas.


Los antiguos Padres llamaban al vicio de la gula con el nombre de “gastrimargia”, término que se puede traducir como “locura del vientre”. La gula es una “locura del vientre”. Y también está este proverbio: que debemos comer para vivir, no vivir para comer. La gula es un vicio que se inserta precisamente en una de nuestras necesidades vitales, como la alimentación. Tengamos cuidado con esto.


Si lo leemos desde un punto de vista social, la gula es quizás el vicio más peligroso, que está matando al planeta. Porque el pecado de quien cede ante un trozo de pastel, en definitiva, no causa grandes daños, pero la voracidad con la que nos hemos desatado, desde hace algunos siglos, hacia los bienes del planeta está comprometiendo el futuro de todos. Nos abalanzamos, sobre todo, para convertirnos en dueños de todo, mientras que todo había sido entregado a nuestra custodia, ¡no a nuestra explotación! He aquí, pues, el gran pecado, la furia del vientre: hemos abjurado del nombre de hombres, para asumir otro, “consumidores”. Y hoy se dice así en la vida social: los “consumidores”. Ni siquiera nos hemos dado cuenta de que alguien ha empezado a llamarnos así. Estamos hechos para ser hombres y mujeres “eucarísticos”, capaces de dar gracias, discretos en el uso de la tierra, y en cambio el peligro es convertirse en depredadores, y ahora nos estamos dando cuenta de que esta forma de “gula” ha hecho mucho daño al mundo. Pidamos al Señor que nos ayude en el camino de la sobriedad, y que las diversas formas de gula no se apoderen de nuestra vida.


 

(Audiencia general 10 de enero de 2024)

 

 
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