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Décimo Domingo Del Tiempo Ordinario

 

9 De Junio De 2024

 

La caída del primer hombre trajo la lucha y el mal que Cristo, con su muerte y su resurrección, venció. Creerlo, es ser de la familia de Jesús, venció. Creerlo, es ser de la familia de Jesús. Al ser consecuente con esta creencia, el apóstol vive una vida de alegría y de esperanza.

 

ORACION COLECTA

Oh Dios, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas; y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

PRIMERA LECTURA: Gén 3,9-15

El pecado de Adán nos ayuda a meditar sobre nuestros propios pecados. Pecar nos aleja de Dios y nos aleja de nuestros hermanos. Pecar destruye el plan de amor que Dios tiene para el mundo.

 

SALMO RESPONSORIAL
R/ DESDE EL ABISMO CLAMO A TI, SEÑOR.


Desde el abismo clamo a ti, Señor,
Escucha mi clamor,
Que tus oídos pongan atención
A mi voz suplicante.

Señor, si no te olvidas de las faltas
¿quién podrá subsistir?
Mas el perdón se encuentra junto a ti;
Por eso te veneran.

Espero en el Señor,
Mi alma espera y confía en su palabra,
Mi alma aguarda al Señor
Mucho más que a la aurora el centinela.

Como aguarda a la aurora el centinela,
Así Israel espere en el Señor,
Porque el Señor tiene misericordia
Y hay en él abundante redención,
El Señor dejará libre a Israel
De todas sus maldades.


SEGUNDA LECTURA: 2 Co 4,13-5,1

El apóstol San Pablo nos recuerda que, aunque todo pase, el amor que Dios nos tiene no cambia. En ese amor eterno e inconmovible reside nuestra fuerza para seguir luchando cada día y mirar la vida con esperanza.

 

ALELUYA

Aleluya, aleluya.
Ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera, dice el Señor; y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
Aleluya, aleluya.


EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS: Mc 3,20-35

La palabra de Jesús es difícil de aceptar. Ser discípulo de Jesús es recibir su palabra con un corazón de niño y poner todo nuestro empeño en hacer su voluntad.

 

El Actuar Virtuoso

Después de haber concluido nuestra visión general de la serie sobre los vicios, ha llegado el momento de volver la mirada a la imagen especular que se opone a la experiencia del mal. El corazón humano puede complacerse en malas pasiones, puede prestar atención a tentaciones nocivas disfrazadas con vestidos seductores, pero también puede oponerse a todo esto. Por fatigoso que sea, el ser humano está hecho para el bien, que le realiza verdaderamente, y también puede practicar este arte, haciendo que ciertas disposiciones se hagan permanentes en él. La reflexión sobre esta maravillosa posibilidad nuestra constituye un capítulo clásico de la filosofía moral: el capítulo de las virtudes.

Los filósofos romanos la llamaban virtus, los griegos aretè. El término latino subraya sobre todo que la persona virtuosa es fuerte, valiente, capaz de disciplina y ascetismo; por tanto, el ejercicio de la virtud es fruto de una larga germinación que requiere esfuerzo e incluso sufrimiento. La palabra griega aretè, indica algo que sobresale, algo que resalta, que suscita admiración. La persona virtuosa es, entonces, la que no se desnaturaliza deformándose, sino que es fiel a su vocación, realiza plenamente su ser.

Nos equivocaríamos si pensáramos que los santos son excepciones de la humanidad: una suerte de estrecho círculo de campeones que viven más allá de los límites de nuestra especie. Los santos, en esta perspectiva que acabamos de introducir sobre las virtudes, son, en cambio, aquellos que llegan a ser plenamente ellos mismos, que realizan la vocación propia de todo ser humano. ¡Qué feliz sería el mundo si la justicia, el respeto, la benevolencia mutua, la amplitud del corazón y la esperanza fueran la normalidad compartida, y no una rara anomalía! Por eso el capítulo del actuar virtuoso, en estos tiempos dramáticos nuestros, en los que a menudo nos encontramos con lo peor de lo humano, debería ser redescubierto y practicado por todos. En un mundo deformado, debemos recordar la forma en la que hemos sido plasmados, la imagen de Dios que está impresa para siempre en nosotros.

 

 
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