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A partir del 21 de Junio y hasta nuevo aviso, todos aquellos que deseen participar en la misa dominical, deben inscribirse cada semana:

Por favor lean las INDICACIONES para tal efecto, publicadas en la página Web 

Recordando al Padre Lalo

 

 

El P. José Eduardo Pérez Valera, o como a él le gustaba que le llamáramos el P. Lalo ha vuelto a la casa del Padre, pero no se ha ido. Sigue vivo y muy presente en los corazones y en el recuerdo de todos los que tuvimos el placer y el honor de conocerle.

 

Era un ser humano privilegiado con enormes talentos y siempre supo utilizarlos todos para mayor Gloria de Dios.

Decir que era una persona entrañable es decir poco. Era una de las personas más inteligentes que he conocido y también de las más sencillas y cercanas, con una humildad que denotaba la grandeza de su alma.

Cuando nos conocimos, él me habló de tú desde el principio y como yo le hablaba de usted, me preguntó por qué no le tuteaba como él a mí. Al responderle que era una cuestión de respeto, me soltó una de sus ocurrencias que descolocaban a cualquiera: “Ah, ya veo, muchachita, que tú piensas que yo no te respeto porque te tuteo.” Desde ese día empecé a llamarle P. Lalo y a tutearle. Era sincero y directo como pocos, tal vez por eso congeniamos tan bien desde el principio. Su inmenso amor a Dios se sentía en sus palabras y en el cariño con el que nos trataba a todos.

Muchas veces, antes de ir a mis clases de español en la Universidad Sophia, le visitaba en la residencia de los jesuitas (S.J. House) que está en el campus de la universidad y nos pasábamos una o dos horas charlando. Siempre estaba dispuesto a escucharme, aconsejarme y acercarme a Dios, nuestro Señor, con una sencillez de la que solo es capaz quien sabe leer en el fondo de los entresijos del alma humana. Él me convenció y me dio fuerzas para servir en la iglesia de S. Ignacio como Ministro Extraordinario de la Comunión, de una manera muy suya tal vez de la única manera en la que se me podía convencer: “Dices que eres indigna de hacerlo… ¡Naturalmente que eres indigna! ¡Y yo también!”. “Pero, P. Lalo, tú eres sacerdote, pero yo…” No me dejó terminar la frase y me dijo: “Mira, muchachita, te voy a decir una cosa: Tú lo único que tienes que pensar es que la Iglesia te está pidiendo ayuda para que prestes un servicio y que el Obispo te ha concedido un permiso especial para ello. Ahora solo debes pensar si tú estás dispuesta o no a prestar ese servicio a la Iglesia de S. Ignacio y a los feligreses. ¡Solo eso!”.

Tenía siempre la frase justa en el momento correcto y era capaz de hacer que, tras una conversación con él, yo saliera con la sensación de que era mejor persona que antes de escucharle. Era como si su bondad fuera contagiosa… como si pudiera elevar las almas hacia Dios.

Ha sido un regalo de Dios para todos los que hemos tenido la dicha y el honor de conocerle, no solo para los japoneses, sino también para los miembros de la comunidad de habla española. Hemos aprendido muchísimo con sus homilías, con sus charlas, en las que nos acercaba a Dios hablándonos de Filosofía, de Lonergan y de sus vivencias desde niño en su amado México y en su igualmente amado Japón, desde que deseó fervientemente servir a Dios como misionero en este país al que dedicó todo su esfuerzo.

En japonés hay un verbo que me encanta. Es “mimamoru” 見守る que está compuesto de 2 verbos:

“miru”見る (ver, mirar) y “mamoru” 守る (proteger)

Creo que es lo que hacen nuestros seres queridos desde el cielo: Nos observan con mucho amor y nos protegen. Nunca nos dejan solos. Creo que es lo que nuestro querido P. Lalo está haciendo ahora desde el cielo.

 

Pilar F. Herboso

 

 

 

 

 

 

 

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