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Todos aquellos que deseen participar en la misa dominical, deben inscribirse cada semana:

Por favor lean las INDICACIONES para tal efecto, publicadas en la página Web 

“Dichoso El Hombre A Quien Tú Educas, Al Que Enseñas Tu Ley”

Enséñame, señor.

 

Necesito que me eduques, Señor. Quiero ser alumno dócil en tu escuela sin muros. Quiero observar, quiero asimilar, quiero aprender. Sé que la enseñanza dura todo el día, pero yo no aprendo, porque no me fijo, no sé leer las situaciones, no reconozco tu voz.

Enséñame a través de los acontecimientos de cada día. Tú eres quien me los pone delante, así es que tu sabes el sentido y la importancia que tienen para mí. Enséñame a entenderlos, a descifrar tus mensajes. Tú estás allí, Señor, tu rostro se esconde en todos esos rostros, enséñame a reconocerlo. Enséñame a entender todo lo que tú quieres decirme en cada uno de esos sucesos y encuentros a lo largo del día.

Enséñame a través de los silencios del corazón, tu no necesitas palabras ni escritos. Tú estás presente en mis cambios de ánimo y tu lees mis pensamientos, enséñame a conocerme a mi mismo, enséñame a entender este lío de sentimientos y este embrollo de ideas que llevo dentro y con los que no sé qué hacer, ¿Por qué reacciono como reacciono? ¿Por qué me siento triste de repente sin motivo? ¿por qué me enfado con los que más quiero? ¿por qué no puedo rezar cuando quiero hacerlo? ¿Por qué dudo de ti mientras proclamo mi fe en ti?.

Enséñame a través de tu presencia, de tu palabra, de tu gracia.

Hazme ver las cosas como tú las ves; hazme valorar lo que tu valoras y rechazar lo que tu rechazas. Hazme confiar en tu providencia y creer en la bondad de los hombres aun cuando me hagan daño o me desprecien. Hazme tener fe en tu acción entre los hombres para que encuentre alegría en la esperanza de la venida del Reino.

Enséñame, Señor, enséñame día a día; haz que me entienda mejor a mi mismo, a la vida y a ti. Enciende en mi mente la luz de tu entender para que guíe mis pasos a lo largo del camino que lleva a ti.

 

(Del libro Busco tu rostro, orar con los salmos por Carlos G. Vallés) 

 

 

 

 

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